Viaje al fondo del secuestro

La selva del pacífico desde el aire (foto: Kristina Johansen)

El secuestro  cambió la vida de Alf y Ana María, dos jóvenes que habían ido de paseo a Nuquí en el pacífico.

Durante los últimos dos o tres días de su secuestro, Alf Onshuus soñaba repetidamente que estaba libre. En medio del sueño, algo raro pasaba: Veía gente volando, o empezaba a volar, o aparecían tigres en Bogotá, o empezaba a matar guerrilleros. Después empezó a identificar en el mismo sueño que estaba secuestrado todavía.

En enero de 2008 fue a Nuquí con su novia, Ana María Aldana, para disfrutar durante una semana del pacífico y sus playas, ríos, manglares y selva virgen. El último día del paseo fueron al Parque Nacional de Utría, recién recuperado por la Fuerza Pública, según les
informaron. Habían ido en búsqueda de unas cascadas de agua dulce cuando aparecieron seis guerrilleros de las FARC. Alf y Ana María fueron llevados selva adentro junto con cuatro desconocidos. Caminaron durante diez días con poca comida, perseguidos por el Ejército y amenazados por los guerrilleros:

Desde el principio nos dijeron: ”Si el ejército intenta rescatarlos, los matamos”. Esa angustia de que en cualquier momento me puedo morir es horrible. Cada vez que uno ve un helicóptero acercándose, uno piensa “ojalá nos encuentren, para ver si me rescatan”, pero al mismo tiempo “ojalá no nos encuentren, porque no quiero que me maten”, cuenta Ana María.

Los dos se habían hecho novios en la Universidad de los Andes cuando él estaba dictando clases de matemáticas y ella estaba terminando su pregrado en biología. Alf tiene un doctorado de Berkeley, Estados Unidos, y un post doctorado de la Universidad Hebrea de Jerusalén. La vida de la pareja transcurría entre la academia, los amigos y la familia en Bogotá. De un día para otro fueron arrancados de esa realidad y encerrados en la espesura del bosque tropical, despojados de su liberad y de la comunicación con sus seres queridos.

En el limbo

El secuestro siempre es una experiencia dura, tanto para el secuestrado como para sus familiares, que difícilmente pueden escapar de sus temores y angustias. Muchas veces pasan largo tiempo sin saber nada del secuestrado. Este es el caso de Yolanda Niño, la madre de Alf. Yolanda es pensionada de la Universidad Nacional de Colombia, donde fue docente en Tecnología en Alimentos, y viuda de Erik Onshuus, un noruego que llegó a Colombia hace 40 años con la ONU.

Cuando Alf fue secuestrado, Yolanda se enteró a través de llamadas insistentes de familiares y amigos. Habían escuchado sobre un secuestro en Nuquí y le dijeron que pusiera la radio. Pero no quiso. No podía creer que esto le sucediera a ella. En la Fundación País Libre le explicaron  que se trataba de un secuestro extorsivo y que los secuestradores seguramente la iban a llamar. Por eso empezó a andar día y noche con el celular colgado a su cuerpo. Pero no llamaron. No tuvo ninguna noticia sobre su hijo hasta que fue liberada Ana María, dos meses después. Yolanda casi no podía dormir:

En esa época me costaba mucho trabajo, y da la casualidad – lo que es también la telepatía y el cariño – a la hora en que Alf se despertaba, yo me despertaba siempre, todos los días.

Los sufrimientos de los familiares pueden tomar múltiples formas y cada uno lo vive de manera individual. La psicóloga Dary Lucía Nieto de la Fundación País Libre nombra las consecuencias más comunes[1]: Muchos entran primero en shock emocional y pasan por una etapa de confusión y negación del secuestro. Culpa, miedo y rabia son emociones frecuentes. Cuando el secuestro es aceptado como una realidad, la familia empieza a emprender acciones para lograr la liberación. La inseguridad puede llevar a prácticas de
sobreprotección, desconfianza generalizada y la percepción de que hay un agresor al acecho permanentemente[2]. Así lo sentia Yolanda:

A medida que pasa el tiempo, uno no cree que la guerrilla está en el monte, sino que puede ser el vecino.

En cautiverio

La familia es fundamental para la persona en cautiverio, asegura Salud Hernández, de la junta directiva de País Libre. Los mensajes que mandan los familares por la radio juegan un papel muy importante. Sin embargo, pueden ser un foco de conflicto también. El secuestrado, en medio de su desesperación, se imagina muchas cosas, por ejemplo la infidelidad de su pareja. A veces no sólo es imaginación, sobre todo cuando se trata de secuestros largos.

Una de las cosas que más teme un secuestrado es el olvido, que se lo trague la selva, asegura Dary Lucía Nieto a Semana[3].

Durante los seis meses que Alf estuvo secuestrado, los mensajes fueron la conexión con el mundo de afuera. Sabía que su madre llamaba a la radio todos los domingos a la madrugada y eso le ayudaba a despertarse y llenar de contenido el día. Se sentía abandonado si no llegaba un mensaje que estaba esperando.

– El escuchar los mensajes es saber que la gente que está afuera no le ha olvidado a uno. Porque uno empieza con paranoias, y piensa que nadie se preocupa ya.

Aunque cada secuestrado vive la experienica de manera individual, hay unas etapas que se repiten: Pasan de la negación del hecho a la aceptación, que suele estar acompañada de una profunda tristeza. Luego el secuestrado empieza a buscar los recursos psíquicos para salir de esa condición. Después viene una etapa de rutina con desasosiego. Es una lucha para que el tiempo no se vuelva el enemigo, asegura la psicóloga[4].

Alf y Ana María tuvieron suerte en medio de todo. Primero, estaban juntos y pudieron apoyarse mutuamente. Fue importante saber que el otro se encontraba bien y poder conversar sobre lo que estaban experimentando. Segundo, no fueron encadenados, como muchas personas en cautiverio. Tercero, pudieron estableceruna comunicación con los secuestradores.

– Los que estaban cuidándonos era gente inexperta en  el asunto de secuestrados, y muchos se acercaron mucho. Conversaban con nosotros y nos contaban sobre sus familias. Creo que precisamente por eso, como se pueden crear lazos de amistad, es que les prohíben hablar.

Para Ana María, lo más duro fue la imposiblidad de comunicarse con su familia. Hubo periodos en los que tuvieron que caminar mucho, hasta diez horas diarias. En otros periodos se encontraban quietos y mataban el tiempo conversando con los otros secuestrados o con los guerrilleros. Alf jugaba mucho ajedrez con uno de los mandos. Fue importante sentir que tenía control sobre algo: Ganarle al jefe guerrillero en ajedrez o ganarle a un guerrillero raso en una discusión política le hizo sentir que no había perdido toda su dignidad. En marzo de 2008 fue liberada Ana María. La separación le produjo mucha angustia:

Fue el momento más triste de toda mi vidaPodría ser el último día que nos veíamos.

Alf, por su parte, sentía que por fin estaba pasando algo, después de un mes y medio sin tener noticias de las familias ni del mundo. Tenía la esperanza de que el asunto se iba a resolver pronto y que dentro de poco de iba a reunir con Ana María. Al llegar a Bogotá, Ana María se encargó de conseguir el dinero del rescate y negociar con las FARC. Resultó ser un trabajo de tiempo completo que le tomó cuatro meses. Aprendió que era necesario mantenerse muy fría  a la hora de negociar, como si se tratara de un carro, porque los secuestradores juegan con los sentimientos de la gente.

– Uno es capaz de decir: “Le doy el mundo entero con tal de que me devuelva mi ser querido”. Pero no se puede, porque entre más prometa uno, ellos más le piden.

Soñando con la libertad

Cuando finalmente llegó el momento de la liberación de Alf, este tuvo una caminata muy pesada que duró dos días. Al segundo día se montó con los secuestradores en una canoa y se encontraron con una comisión de la iglesia. Finalmente llegaron a Quibdó cuando estaba cayendo la noche.

Fue rarísimo. Nunca había estado en Quibdó. Es una ciudad completamente distinta a todo lo que yo había conocido: Los colores son distintos, el sol es distinto. Era muy irreal. Todo el tiempo estaba esperando que la gente empezara a volar, o que alguien me dijera que era un sueño, y que todavía estaba secuestrado. Pero fue una felicidad muy chévere.

En la iglesia se encontró con Ana María, su mejor amigo Darío y su suegro.

La liberación no siempre significa un final feliz. Las cifras indican que una tercera parte de las familias afectadas por el secuestro viven rupturas definitivas[5]. El secuestro puede generar múltiples conflictos entre secuestrados y familiares y entre los mismos familiares que tienen que ponerse de acuerdo y negociar la liberación con los secuestradores. A pesar de esto, regresar a un hogar establees casi todo, asegura Salud Hernández.

Afortunadamente, Alf y Ana María tuvieron el apoyo de sus familias y de muchos amigos, y los lazos se han fortalecido con la experiencia. La pareja también decidió casarse y poco tiempo después fue concebida su hija.

Entendí que estaba dispuesta a hacer lo que fuera por Alf, y él por mi, dice Ana María.

Alf cuenta que la experiencia le hizo apreciar más a las cosas que tenía y a la gente que lo rodea. Empezó a valorar más cada momento y cada oportunidad de la vida, y no planear siempre hacia el futuro.

Alf, Ana y los hijos (foto: Kristina Johansen)

Desprecio por la vida y falta de oportunidades

Durante muchos años se hablaba oficialmente de una cifra cerca de 3000 secuestrados en Colombia por año. Después de  dos años de depurar cifras, el Ministerio de Defensa, a través de Fondelibertad, encontró que la cifra se reduce a 79 personas cautivas[6]. Salud Hernández, por su parte, considera que puede haber unos 300-400 secuestrados en Colombia ahora. La falta de claridad se debe en parte a falta de denuncias y en parte a los muertos en cautiverio. Lo que sí está claro es que han bajado los secuestros de una manera
significa durante el gobierno de Álvaro Uribe.

El fenómeno del secuestro puede ser explicado en parte con el desempleo asegura German Enciso Uribe, jefe de la Unidad Nacional contra el Secuesto y la Extorsión de la Fiscalía[7]: Relaciona el desplazamiento del campo debido a la violencia y las escasas posibilidades de vinculación laboral con la organización de grupos delincuenciales, que encuentran en el secuestro una fuente posible de ingresos[8].

Cuando los guerrilleros les contaban a Ana María y Alf sobre sus razones para estar en la guerrilla, algunos justificaban su militancia con el hecho de que no había trabajo en el pueblo. Entre ellos había gente que ni siquiera tenía asegurada la comida diaria. Otros llegaron por venganza, porque los paramilitares habían matado a sus familiares o robado sus tierras. Además había quienes  simplemente les gustaba esa vida: Tener un fusil y poder mandar sobre los demás. Ana María también identifica un desprecio a la vida:

-Para ellos, la  vida no tiene ningún valor. Ni siquiera la vida de ellos mismos.

Si entendemos el fenómeno desde una perspectiva ética, la educación puede ser clave a la hora de transformar las prácticas violentas y su justificación. Alf y Ana Maria descubrieron que el 80 por ciento de los secuestradores no había llegado a la cuarta de primaria. Esa situación refleja la realidad en el Chocó, donde dos de cada diez personas son analfabetas, el 67 por ciento de los habitantes tienen las necesidades básicas insatisfechas y el 21 por ciento vive en miseria[9]. Alf cree que acabar con el secuestro pasa por una solución de índole social:

En el momento en el que la gente tuviera más oportunidades, viera a su vecino progresar trabajando, y que eso fuera como la norma, pienso que perdería todo el combustible y se iría acabando poco a poco.

Salud Hernández es más pesimista. Considera que el secuestro sigue existiendo por dos razones: El desprecio a la vida y la falta de oportunidades en Colombia.

El secuestro no se va a acabar jamás. Es que es un muy buen negocio, y la gente paga unas cifras que ni te imaginas.


[1] Gaceta Caese  – Cámara de Comercio de Bogotá  y la Fundación País Libre (diciembre de
2007): El delito del secuestro en los últimos diez años

[2] Ibid

[3] Semana: “El secuestrado le teme al olvido, que se lo trague la selva, como dice La Vorágine”, 17 de enero de 2008

[4] Ibid

[5] Gaceta Caese  – Cámara de Comercio de Bogotá  y la Fundación País Libre (diciembre de
2007): El delito del secuestro en los últimos diez años

[6] El Colombiano: “Colombia tiene 79 secuestrados y no 2.819”, 7 de abril de 2010

[7] Caese  – Cámara de Comercio de Bogotá  y la Fundación País Libre (diciembre de
2007): El delito del secuestro en los últimos diez años

[8] Ibid

[9] Departamento Nacional de Planeación: “Indicadores sociales departamentales”, Boletin 37

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Om Kristina Johansen

Frilansskribent, sosialantropolog og forfatter av boka "Frykten har et ansikt". Periodista independiente y antropóloga social. Autora del libro "Frykten har et ansikt" (El miedo tiene un rostro). Freelance writer and social anthropologist. Author of the book "Frykten har et ansikt" (Fear has a face).
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