San Onofre: La tierra, la muerte y la flor

«Siento como si el mundo se hubiera ido todo», dice Julia, la viuda de Rogelio Martínez (foto: Ana Paola Romero)

Rogelio Martínez creció con las luchas campesinas que lideró su padre en Sucre en los años 70. El 18 de mayo de 2010 fue asesinado por hombres encapuchados en la finca que él había logrado recuperar de los paramilitares.

Aquí no han bajado las matanzas. Aquí los que mandan son los paras, dice la mamá de mi amiga en un intento por disuadirme de viajar a San Onofre. Es sábado a las siete y media de la mañana en un barrio clase media de Sincelejo. Aún vestida con ropa de dormir, doña Ana empieza a hablar desenfrenadamente sobre la violencia perpetrada por los paramilitares en Sucre: Cuerpos descuartizados, cabezas cortadas, niños que se vuelven mudos después de ser testigos de atrocidades. Menciona los investigadores del CTI de la Fiscalía que fueron a San Onofre en mayo de 2001 a investigar un crimen, y que terminaron asesinados.

Tiraron los cuerpos a los caimanes, dice Ana. – No, los  botaron al mar, contesta la hija, Ana Paola, quien me va a acompañar para tomar fotos.

La violencia sigue presente en Sucre, a veces en historias de terror, a veces en hechos. El miedo no quiere soltar a la gente. Pero existen los que logran vencerlo y poner la cara frente a unas fuerzas oscuras que todavía tienen poder en este departamento costeño, el más golpeado del país por la falta de ingresos y muy afectado por el desplazamiento[1]. Lo mínimo que puedo hacer es escucharles, y contar sus historias. Para conocer la historia de Rogelio Martínez, de su lucha y su muerte, tengo que hablar con la gente que lo rodeaba.

La hija que se volvió defensora

Es jueves a mediodía y hace calor. En el parqueadero que sirve como terminal para busetas y taxis colectivos a Corozal y San Onofre veo la cara sonriente y pecosa de Sandra Agámez, oriunda de San Onofre. Es una mujer de 28 años cuya vida cambió por completo con la detención de su padre, Carmelo Agámez. Es bonita, Sandra. Como que ilumina sus alrededores con la luz de alguien que cree en lo que hace, porque lo hace por amor. Casi todos los días toma el taxi colectivo de Sincelejo a Corozal para visitar su papá, que se encuentra detrás de las rejas. Hoy la acompaño en ese trayecto, que dura unos 20 minutos. Le pregunto si no le da miedo andar sola todas las semanas, y responde que sí. Cuenta que su marido está preocupado, le recuerda que tiene dos niños. Pero ¿quién más va a ayudar a su padre, si no ella? Los hijos también se han resignado a las ausencias de Sandra:

– ¿Vas a hacer otra vuelta para tu papá, verdad? le dijo su hija de cinco años cuando Sandra iba a los Estados Unidos en abril para hablar del caso de Carmelo. Human Rights First lo incluyó en el informe Los defensores de derechos humanos acusados sin fundamento[2]. La persecución del papá impulsó a Sandra a estudiar derecho. Más adelante quiere trabajar en derechos humanos, convencida de que hay tanta gente que necesita apoyo. La detención también ha fortalecido la relación con el padre. Cada rato Carmelo la contacta para compartirle las cosas que le pasan.

Durante varios años tuvieron que vivir en exilio. Cuando volvieron en 1995, los paramilliares empezaron a llegar a la región. Uno podía encontrarlos en la calle, en la plaza. Una vez, al salir de la casa, Sandra vio pasar a Marco Tulio Pérez alias ‘El Oso’, que comandó un grupo de paramilitares en San Onofre, bajo órdenes de alias ‘Cadena’ y alias ‘Diego Vecino’. Ella se devolvió inmediatamente, porque había escuchado historias sobre este líder paramilitar, conocido por sus violaciones sistemáticas de mujeres.

Si te cogían, tenías que bailar con ellos, aunque no quisieras. En las fiestas públicas, todas las mujeres tenían que ir a bailar con ellos. Iban de puerta en puerta a sacarlas.

Son relatos como este que Carmelo, Rogelio y otros se atrevieron a denunciar públicamente cuando se inició el proceso de desmovilización con los grupos paramilitares y se empezó a hablar de la importancia de reconstruir la verdad sobre el paramilitarismo. En uno de los espacios del Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes del Estado (Movice) Sandra conoció a Rogelio:

Era un señor de mucho valor. El miedo lo había perdido. Aquí, el año pasado, hubo una mesa de garantías. Rogelio denunció frente a todas las autoridades lo que estaba pasando. El comandante de la Policía de Sucre le contestó que “no era ningún defensor de derechos humanos”.

Las denuncias llevaron a señalamientos y amenazas, pero Rogelio no se quería callar. A Sandra le queda grabado en la memoria algo que le dijo:

Sandra, de esa finca no salgo sino con los pies para adelante.

Crítico de paramilitares acusado de ‘parapolítica’

El taxi nos deja en el centro y encontramos una casona rosada un poco decaída: La cárcel de Corozal. Detrás de unas rejas negras, y vigilado por guardias del INPEC que nos requisan y registran nuestras cédulas, se encuentra Carmelo Agámez. El secretario técnico de Movice en Sucre es investigado por el delito de concierto para delinquir y acusado de tener nexos con grupos paramilitares. Le ha tocado estar recluido junto con algunos de los jefes paramilitares y políticos que él mismo ha denunciado. Al parecer, las únicas pruebas contra Carmelo son dos testimonios, uno de los cuales es de la esposa de Jorge Blanco, el ex alcalde de San Onofre,  acusado de parapolítica[3]. Según el testimonio de alias ‘El Oso’, Blanco fue uno de los políticos presentes en el cierre de campaña de las elecciones de 2003 para elegir Gobernador de Sucre y Alcalde de San Onofre, organizado por los mismos paramilitares[4].

Carmelo ya lleva un año y medio encarcelado. Nos recibe en la cárcel con mucha amabilidad. Es un hombre robusto, que irradia calma. Le pregunto cómo puede estar tan tranquilo.

Da tranquilidad saber que no he tenido que ver con eso, dice Carmelo, haciendo referencia a las acusaciones de parapolítica.

Carmelo Agámez, sobreviviente de la Unión Patriótica (UP), tuvo que exiliarse en Venezuela con la familia después de un atentado en 1988. Después de 8 años volvieron a San Onofre. En esa época empezó la incursión paramilitar. Muchos abandonaron la región, otros se aliaron con los paras. Carmelo optó por una resistencia silenciosa, hasta que la violencia paramilitar bajara lo suficiente como para empezar a denunciar las graves violaciones  a los derechos humanos.

Rogelio y Carmelo se reencontraron en esa lucha. Se habían conocido en San Onofre cuando Rogelio era un niño, y por muchos años no se habían visto. Un día Carmelo agarró una mototaxi en Sincelejo y, al llegar a casa, el taxista se quitó el casco y resultó ser “Toño”, como lo llamaban sus amigos. Ahí empezaron a hablar de las dificultades que tenía para recuperar la finca. Luego se hicieron dirigentes de Movice.

Le pregunto cómo fue recibir la noticia de su muerte. Por primera vez, Carmelo se queda callado. Hace un movimiento con la mano, como si estuviera espantando algo.

– Es una pérdida irreparable para Movice y para la organización de ellos. Era un líder muy importante. Ahora otros tienen que estar al frente.

Desde la cárcel, Carmelo está esperando el día en que pueda salir para continuar el trabajo. Aunque no sabe qué va a pasar, está convencido de que la gente no quiere volver a vivir esos años oscuros. Si bien el asesinato de Rogelio frenó un poco la gente, no va a detenerles a seguir exigiendo justicia.

La importancia de la palabra

He visto a muchos compañeros caer.  El exceso de confianza puede matarle a uno, dice Víctor, otro compañero de Rogelio del Movice, y se queda mirando en el aire, con la cabeza sostenida en la mano. Nos encontramos en la casa de mi amiga. Habla de las dificultades para denunciar:

La gente no está dispuesta a declarar. La denuncia se tornó en peligro. En lugar de investigar lo que dices, te investigan a ti por decirlo.

Cuando conoció a Rogelio, era imposible entrar a San Onofre. Si uno entraba, no salía. No solo mataban a la gente, sino que la hacía desaparecer y además les negaban el duelo a los familiares. Buscaban intimidar:

– Mancuso tenía miedo de Cadena y Cadena del Oso. Eran los más sanguinarios que había.

El susto también se apodera de Víctor, a veces. Después de la muerte de Rogelio soñó tres veces con su hija de 5 años. Iba en camino a una reunión y la hija le decía: “Papi, ¡no te vayas! ¡Llévame, papi!”. Piensa que el sueño se debe al impacto que le dio ver la hija de Rogelio de rodillas durante el entierro, llorándole al papá. En medio de este panorama de miedo y silenciamiento, lo que Víctor más recuerda de Rogelio es la importancia que daba a la palabra.

Le impactaba que la palabra hubiera perdido su valor. Decía: En San Onofre  hay que mirar para un lado y para otro, porque la lengua le puede poner a uno en peligro.

Víctor cuenta que ‘Cadena’ – llegó a la finca que Incora había adjudicado a Rogelio Martínez y otras 51 familias en 1997. Iba acompañado de dos hombres desmovilizados de la guerrilla, y preguntó:

¿Se encuentra Rogelio Martínez?

– Sí, soy yo.

¿Usted recibe a la guerrilla?

Rogelio les explicó que era prácticamente imposible decirle que no a un actor armado.

Cuando venían, yo les daba agua, ¿verdad?dijo, dirigiéndose a los desmovilizados de la guerrilla.

Pero no les permitía cocinar.

Oiga hermano, usted es valiente, respondió Cadena. – Vine personalmente a matarle. He escuchado mucho de usted de los bandidos. Pero no le voy a matar. ¿Sabe porqué le perdono la vida? Lo que dijo me convenció.

La palabra salvó la vida de Rogelio. Sin embargo, el 18 de mayo la insistenica en decir las cosas como son llevaron a su muerte. Con él, 15 campesinos han sido asesinados por reclamar la devolución de la finca que los paramilitares les robaron[5].

Presentimiento de muerte

Es el lunes 31 de mayo y nos encontramos en la buseta que nos va a llevar a San Onofre. Por la radio se escucha vallenato. La brisa que entra por las ventanas ayuda a refrescarnos un poco del calor. Ingrid Vergara cierra los ojos, los abre si hay un movimiento brusco o si alguien entra a la buseta, y los cierra otra vez. Se toca la cabeza con la mano y cuenta que anoche sí pudo dormir, pero las noches anteriores no había dormido nada. Los recuerdos vienen con mucha intensidad ahora que nos estamos acercando a la finca de Rogelio.

Después de la detención de Carmelo y el asesinato de Rogelio, Ingrid se ha convertido en la principal vocera de Movice en Sucre. Todos parecen depender de su fortaleza y de la claridad de sus palabras. Carga todo el peso del movimiento sobre sus hombros. La consecuencia ha sido una serie de amenazas, inclusive contra su familia. En octubre del 2009 su hija Cendy Paola, de 14 años, fue perseguida durante varios días por un carro blanco. El chofer le dejó el siguiente mensaje: “que le digas a tu mamá que se quede callada si quiere llegar a año nuevo». Cuando le pregunto de dónde saca la fuerza, responde:

Yo soy sobreviviente de la Unión Patriótica. A los 18 años me tocó  huir del pueblo. Después de haber enterrado una cantidad de compañeros acá, me tocó irme por una amenaza en el 93. Y regreso. Nuestra visión política ha sido esa, estar siempre defendiendo los derechos de las personas.

En camino a San Onofre, en medio de ese paisaje tan fértil, pasamos por varios pueblos afectados por el conflicto armado. En Tolúviejo desaparecieron 11 jóvenes en junio de 2007: otros casos de ‘falsos positivos’. Ingrid cuenta que Movice está acompañando los familiares. Más adelante observamos las casas abandonadas en Chinulito como consecuencia del desplazamiento masivo tras varias masacres perpetradas por ‘Cadena’.

El trasfondo del asesinato de Rogelio Martínez, según Ingrid Vergara, son los intereses económicos y políticos que existen en la región. Por un lado, la finca queda en el corredor hacia el Golfo de Morrosquillo, donde sale droga y entran armas. Ingrid asegura que el paramilitarismo no se ha acabado, sino que ha cambiado de nombre y en ciertas formas de actuar. Los nuevos grupos están fuertemente involucrados con el narcotráfico y, a la vez, con el poder político. Esto se ha podido conprobar gracias a una serie de sentencias por ‘parapolítica’.

Movice ha jugado un papel fundamental en la denuncia de los paramilitares y sus nexos con políticos en Sucre. El primer paso fue la audiencia pública que se organizó en San Onofre en noviembre de 2006 conjuntamente con la Comisión de Derechos Humanos del Senado. Posteriormente la Corte Suprema abrió procesos contra una serie de personas, entre ellas el ex Senador  Álvaro ‘el Gordo’ García Romero y el ex Gobernador  Salvador Arana, los dos sentenciados a 40 años de cárcel. Esos avances en la justicia, sin duda, crean enemigos.

Rogelio Martínez, como representante legal de la finca la Alemania y como dirigente de Movice, personificaba la resistencia frente a esos intereses, explica Ingrid. El retorno a la finca la Alemania fue un proceso organizativo de las víctimas que reclaman la verdad sobre el fenómeno paramilitar. A la vez significó un paso hacia adelante en la búsqueda de justicia frente a todas la tierras que fueron expropiadas por los paramilitares y sus aliados. Ella interpreta su muerte como un mensaje al movimiento: “Les vamos a dar por donde más les duele”.

Rogelio era el niño del movimiento. Era el que nos hacía reír, la persona que más cariño nos brindaba. Era muy inocente, en el sentido de que era amigo de todo el mundo, confiaba en todo el mundo.

Ingrid ha compartido mucho tiempo con Rogelio y su familia. Se quedó muchas veces en la finca e hicieron numerosos recorridos por ella. Rogelio la llamaba todos los días y participaron juntos en muchas actividades de Movice. Cuando incrementaron las amenazas, recuerda, estuvieron en Bogotá discutiendo la posibilidad de que no regresara a la finca. Rogelio lo dejó claro:

Yo me regreso para mi tierra. A estas alturas del paseo no me puedo bajar del bus, porque ahora es más peligroso bajarse del bus que seguir en él. Además, si me bajo del bus, tendré que retractarme y decir que lo que dije era mentiras, y eso no lo voy a hacer.

Ingrid cuenta que el último tiempo antes de su muerte, Rogelio estaba muy preocupado y hablaba mucho de la muerte. Como que presentía algo:

Yo estoy más que segura que él sabía que lo iban a matar.

Ya había recibido amenazas por teléfono, y un desmovilizado, alias ‘Quince’ o  ‘Garrapata’  había aparecido en San Onofre hablando de “hacer una vuelta en la finca la Alemania”, cuenta Ingrid. Dijo que si él no la hacía, la haría otro, porque tenía órdenes de la cárcel de Sincelejo. Por otro lado, hubo una serie de choques verbales con el Ejército y la Policía.

El asesinato de nuestro compañero Rogelio ha sido el golpe más duro que nos han dado, asegura Ingrid.

Entre la resistencia y el dolor

Julia Torres está sentada en el kiosco de la finca, rodeada por el verdor de los Montes de Maria. Está muy afectada por el asesinato de su esposo hace 13 días. Su mirada se pierde en los recuerdos:

– Siento un vacío muy grande. Miro hacia allá, y siento como si el mundo se hubiera ido todo …

Lo primero que encontramos al llegar, es un soldado que está vigilando la entrada. El Ejército ha instalado un pequeño campamento atrás de la casa. Después viene Julia, y ella y Ingrid se abrazan por un largo tiempo. Lloran juntas. Caminan hacia el kiosco que está en el patio, y todos nos sentamos allá, en un círculo: Julia e Ingrid, el hermano de Julia, un hijo y tres hijas, una con su marido, el hermano de éste, unos cuatro niños. Y Ana Paola y yo. Hay perros, gallinas y cerdos.  Julia le pregunta a Ingrid:

– ¿Vieron la flor en el camino? Puse una flor ahí donde lo mataron.

Conversan un poco en voz baja, las dos mujeres, y pasamos un rato en silencio. Después empiezan a hablar de la muerte de Rogelio. Julia dice que el mototaxista que lo llevó la tarde que lo asesinaron no quiere mirarle los ojos. Ella piensa que no está diciendo la verdad. Primero habló de 7 hombres encapuchados, después dijo que no había visto nadie. Unos días antes, Julia había visto dos personas cerca de la casa a las 7 pm.

– Yo sospechaba, como a él le habían amenzado, dice Julia y mira hacia el suelo. Andaba muy preocupada, y piensa que Rogelio se guardaba algo con tal de no preocuparla más. Pero unos días antes de ser asesinado, le dijo:

-Si me matan, no te vayas de aquí. Esto es de ustedes. No dejes que se pierda esto.

Le pregunto a Julia cómo fue recibir la noticia de su muerte.

Muy doloroso. Me caí, perdí la fuerza en las piernas. Y le pedí ayuda a él: “Ay, Dios mío, dame fuerzas para pararme de aquí”.

A Rogelio lo mataron a las 6 pm –  la hora de llegar a casa. La familia siempre se reunía en la tarde para comer conjuntamente.

Ahora está llegando la hora del almuerzo, y Julia le pide a una hija poner a cocinar un poco de yuca y ver qué más encuentra. Ella prepara huevos pericos, yuca y suero con un jugo delicioso de naranja con panela. Casi todo lo han producido en la finca. Mientras la hija prepara el almuerzo, Julia mece dos nietos en una hamaca.

Le pregunto sobre la llegada de ‘Cadena’ a la finca. Julia cuenta que los paramilitares asesinaron a tres personas que vivían en los alrededores de la finca el 30 de marzo de 2000.

Duramos hasta el 5 de agosto de 2001 en resistencia, oyendo y viendo cosas que nunca deberíamos haber visto.

Los paramilitares instalaron un campamento en la finca e invadieron prácticamente todos los espacios de la familia. El kiosco – donde estamos sentadas ahora – no se podía usar, porque lo ocuparon ellos.

– ¿Sentía miedo?

Demasiado. No podía salir ni a orinar. Por eso me enfermé, el colon se me infló. Todo lo empezaron a destruir, dice y señala una casa arruinada que queda atrás del kiosco.

Estuvieron viviendo durante un poco más de un año en esas condiciones. Al hijo – Luis – lo pusieron a limpiar sus fusiles. Le decían que la vida campesina no valía nada, que ellos sí tenían una vida sabrosa. En ese momento la pareja decidió abandonar la tierra y desplazarse a Sincelejo. ‘Cadena’ y sus hombres se apropiaron de la tierra. En 2006 Rogelio se convirtió en el representante legal de las 52 familias despojadas de sus tierras y retornó con la familia a la finca. La vida como desplazados había sido muy difícil, explica Julia:

Acá tenemos todo, allá nada. Rogelio manejaba una moto ajena, pero no daba para cuatro pelaos, ni para los colegios.

– ¿Qué era lo que más extrañaba?

Extrañaba la alimentación.

Cuando le pregunto cómo conoció a Rogelio, sonríe por primera vez. Cuenta que él jugaba beisbol, y que lo vio jugar en su pueblo, Pita. Ella tenía 15 años y él 25. El era muy alegre. Al recordarlo, sonríe de nuevo. Cuenta que en ese tiempo Rogelio no tenía tierras. Pero no importaba: Ella se fue con él, salió embarazada y a los 3 meses se casaron.

– No nos habíamos separado hasta este trágico momento. Tenemos un compromiso con él, porque esto fue su vida, su lucha y su muerte también.

El pan del que todos comemos

La guerra ha dejado unos 700.000 desplazados en el Caribe[6]. Uno de ellos es Manuel Martínez, el padre de Rogelio.  Fue líder de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC) en San Onofre durante las grandes recuperaciones de tierras en los 70.

– Rogelio me acompañaba mucho. Donde va el padre va el hijo. Luego fueron creciendo, cada quien fue cogiendo destino, yo me fui quietando. Pero cuando uno tiene conciencia, cuando tiene cariño a una persona, le inquieta ver que la están maltratando. Y yo le tengo cariño a la gente…

Ahora tiene 85 años y vive en La Palma, un barrio de invasión en Sincelejo. Llegamos a su casita cuando está cayendo la noche. En su sala sólo hay un bombillo, dos bancas rústicas y una mesita que también sirve de banca cuando llega visita. En las paredes de madera simple no hay otro adorno que tres marcas que dejó una manito de niño con pintura verde. El piso es de tierra y el el techo de zink. Ha regresado a la misma miseria que impulsó su lucha:

– La gente no tenía qué comer. Los ricos tenían toda la tierra.

Luchaban contra la alta concentración de tierras en Sucre. También querían utilizar terrenos baldíos para producir para la sociedad.

– ¿Cuál es el pan del que comemos todos? Es la tierra. La tierra se queda entera, no se disminuye.

Con las primeras recuperaciones vino la guerra. Primero surgieron las guerrillas y luego los paramilitares. Los campesinos terminaron en medio del fuego cruzado. La Fuerza Pública también hizo presencia, muchas veces en connivencia con los paramilitares. Era para acabar con la guerrilla, explica don Manuel, pero mataron más campesino inocente. El mismo apareció en una lista de muerte de Cadena, y fue perseguido por  el DAS, el CTI y la Sijin.

Las personas que andaban conmigo los acabaron. Yo quedé solo.

Más que su propia soledad, le preocupa el hambre que va a haber si todos los campesinos abandonan el campo. Por eso, cuando Rogelio retornó a la Alemania, don Manuel lo acompañó:

Fui con ellos a sembrar plátano y yuca. Es una tierra de mucha riqueza, tiene agua viva por todas partes.

Hay algo con este bisabuelo que me rompe el corazón: Su cuerpo flaco pero todavía con vida, sus palabras sencillas y lúcidas, sus ojos despiertos que han visto tantas injusticias… Aún hace un esfuerzo por hacernos sonreír. Le pregunto si vive solo:

Si, doña, hasta que encuentre una compañera

Busco un signo de esperanza en medio de este paisaje tan desolador y encuentro un olor a jazmín. Don Manuel tiene un pequeño Azahar de la India frente a su casa, y la fragancia inunda la salita. Me puedo imaginar sus manos arrugadas cuidando el árbol con el mismo cariño con el que acompaña la gente: ese sentimiento que no lo deja descansar.

Don Manuel en su casita (foto: Ana Paola Romero)

Este artículo fue publicado por verdadabierta.com bajo el título La vida por La Alemania


[1] Caracol: “El 44 por ciento de los colombianos son pobres según el PNUD”, 17 de octubre de 2007

[2] Human Rights First:Los defensores de derechos humanos acusados sin fundamento: Presos y señalados en Colombia,  11 de febrero de 2009

[3] Comisión Intereclesial de Justicia y Paz: “Urge traslado de Carmelo Agámez”, 28 de noviembre de 2008

[4] Verdad Abierta: “Entre el poder político y el abuso sexual en San Onofre” 23 de octubre de 2008

[5] Verdad Abierta: “La larga lista de víctimas de la vereda La Alemania en San Onofre”, 20 de mayo de 2010

[6] Verdad Abierta: “Los 700.000 desplazados que dejó la guerra en el Caribe”, 31 de Mayo de 2010

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Om Kristina Johansen

Frilansskribent, sosialantropolog og forfatter av boka "Frykten har et ansikt". Periodista independiente y antropóloga social. Autora del libro "Frykten har et ansikt" (El miedo tiene un rostro). Freelance writer and social anthropologist. Author of the book "Frykten har et ansikt" (Fear has a face).
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