Las mujeres que resisten a los neoparas en La Guajira

Telemina Barros (foto: Kristina Johansen)

Diversos grupos neoparas siguen generando terror en La Guajira. Mujeres Tejiendo Paz buscan reunirse con su victimario para conocer toda la verdad sobre la masacre de Bahía Portete.

En el avión, antes de despegar hacia Riohacha, la mujer que está sentada a mi lado hace una llamada: – Mi amor, ya tengo que apagar el celular. Dame la bendición. …. Voy con Dios. Sus palabrasme hacen recordar lo que el antropólogo wayuu Weildler Guerra escribió en una columna reciente sobre la violencia en la región: “Si la sociedad guajira decide perpetuar este injusto orden social y permanecer impasible ante los hechos, solo le quedará un recurso: colocar sobre el puente del río Palomino el letrero que Dante asegura existe a la entrada del infierno y que dice ‘Vosotros, que entráis, dejad aquí toda esperanza’.”

Riohacha a primera vista no es una ciudad desesperanzadora. El centro se ubica a la orilla del mar,  donde mujeres wayuu venden sus hermosas mochilas de todos los colores, y en cada esquina se escucha vallenato. La gente es amable y hay mucha hospitalidad frente a los que venimos de afuera. Pero en el camino del aeropuerto al hotel observo un grafiti que dice “AGC-P”, haciendo referencia a las Autodefensas Gaitanistas de Colombia: Uno de varios grupos neoparamilitares – o bandas criminales, como las autoridades prefieren llamarlos – que hoy se disputan el poder en la región.

Existe un debate agitado en La Guajira, no sólo sobre cómo clasificar a estos grupos sino también sobre el poder que ejercen. Uno de los líderes más temidos hasta hace poco ha sido Arnulfo Sánchez González – más conocido como alias Pablo – del grupo paramilitar Frente Contrainsurgencia Wayuu, que formaba parte del Bloque Norte. El 18 de abril de 2004 este grupo ejecutó la masacre de Bahía Portete, en el municipio de Uribia, provocando un desplazamiento masivo de la comunidad. Muchos terminaron en Maracaibo, Venezuela, y todavía no han podido retornar por temor al grupo, que nunca se desmovilizó y continúa operando en la región. El 15 de noviembre fue capturado el jefe cuando se movilizaba en una camioneta en el norte de Bogotá.

Alias Pablo: El mito capturado

Arnulfo Sánchez alias Pablo

– ¿Sabes que cogieron a Pablo?, le pregunta Valentina a una vecina. El día que llego a Riohacha es la noticia principal, y no ha escapado la atención de esta niña de pelo rizado y ojos despiertos. Solo tiene 5 años pero ya sabe quién es el responsable de la muerte de varias de sus tías abuelas en Bahía Portete. La masacre fue cometida por un grupo de entre 40 y 50 paramilitares, acompañados de informantes locales y de hombres con prendas del Ejército colombiano. Cuatro de las seis víctimas mortales fueron mujeres. Todas eran familiares de Telemina Barros Fince, la madre de Valentina. Después, esta mujer no ha dejado de luchar por esclarecer los hechos. Junto con su hermana, Débora Barros Fince, fundó la ONG Wayuu Munsurat – Mujeres Tejiendo Paz. Inmediatamente después de la captura de alias Pablo, ella y otras integrantes de la organización pidieron una reunión con el líder paramilitar.

Con Pablo se tiene la esperanza de que se sepa dónde están los desaparecidos y por qué se perpetró la masacre de Bahía Portete, afirma Telemina. Acompaño a Telemina, su madre Carmen Cuadrado Fince y su primo Vicente Gutiérrez en la casa la mañana que están haciendo las maletas y organizando el viaje para Bogotá. Telemina y Carmen se ponen unas mantas coloridas (vestidos wayuu) y se preparan para sentarse cara a cara con el “señor del desierto”.  Así se conoce Arnulfo Sánchez. El hombre no es originario de esta zona desértica, sino que nació en Nunchía, en el Piedemonte Llanero – una región de mucha riqueza petrolera e hidráulica pero donde predomina la pobreza y el abandono estatal. “En 1996 se desempeñaba como empleado de la Contraloría Municipal de Yopal y luego inicia una relación con el Bloque Norte de las Autodefensas ilegales a cargo de Rodrigo Tovar Pupo, alias ‘Jorge 40’”, según El País de Cali.

Carmen, una mujer mayor con porte de bailarina y pómulos altos, asegura que no tiene miedo de reunirse con el victimario de sus familiares. –Hemos luchado tanto, y ahora que el pájaro está en su jaula estamos  seguras de lo que estamos haciendo, afirma. Yo le creo. Ella y sus hijas son mujeres que irradian mucha fuerza, una herencia de sus madres, tías y abuelas wayuu. Las mujeres tienen un estatus alto entre los wayuu. Es un pueblo matrilineal, donde la pertenencia a un clan determinado y a un cierto territorio se define a través de la madre o la línea materna. Además, las mujeres muchas veces son mediadoras entre el mundo de los wayuu y el mundo externo.

Si bien la violencia paramilitar ha generado terror y paralizado mucha gente en La Guajira, a estas mujeres les ha empujado a organizarse, reclamar justicia para sus muertos y  luchar por los derechos colectivos del pueblo wayuu. Eso no significa que no hayan sentido temor:

– Estuvimos con mucho miedo cuando se hicieron las primeras denuncias, pero era necesario hacerlo, dice Telemina, y pone énfasis en las últimas dos palabras. Si no nos enfrentábamos a la realidad de los paramilitares, la masacre y el desplazamiento quedarían en impunidad.  Yo creo que el valor y la fortaleza que teníamos fue el que nos hayan asesinado a mujeres. A pesar de numerosas denuncias de líderes sociales y una serie de informes de riesgo de la Defensoría del Pueblo, alias Pablo seguía moviéndose por la Alta Guajira desde la masacre en abril de 2004 y durante más de seis años y medio, sin que ninguna autoridad lo detuviera.

– Decían que Pablo era un mito, y el mito está hoy en día capturado, comenta Telemina.  Y quizá capturado por tanta presión. Porque yo creo que hasta los mismos funcionarios y el Estado lo protegían a él.

La masacre

Carmen Fince estaba regresando de un pueblo vecino – Puerto Bolívar – el 18 de abril de 2004, cuando un hombre wayuu le paró en el camino y dijo que los paramilitares al parecer se habían llevado a sus hermanas. Le advirtió que no debería ir a Bahía Portete porque las estaban esperando para matarlas. Carmen tuvo que retornar e intentó comunicarse con los jefes paramilitares para rogarles que soltaran a sus familiares, pero fue en vano. Lo único que logró fue el permiso para recoger a sus muertos – los que no habían desaparecido.

Un día antes de la masacre, un sargento del Ejército conocido como “Felipe” del Batallón Cartagena, había transportado al grupo de paramilitares desde Carraipía hasta la Alta Guajira, a la ranchería de José María Barros. Esto según el informe La masacre de Bahía Portete: Mujeres wayuu en la mira, del Grupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR). Llegaron en dos carros, uno particular y el otro de las Fuerzas Militares del Ejército Nacional, con los cuales lograron pasar varios retenes militares.

Vicente Gutiérrez, el sobrino de Carmen, es un hombre corpulento, de voz pausada.  Me cuenta que ya sabía lo que venía esa mañana del 18 de abril. El trató de convencer a su madre, Margoth Fince Epinayú, de que huyera con él. Pero ella, con sus 70 años, contestó que era más importante que se salvaran los más jóvenes. Por eso se quedó esperando los paramilitares, mientras que Vicente huyó hacia Venezuela con otros familiares.

Los paramilitares cogieron a Margoth Fince, autoridad de la Asociación Indígena de Autoridades Tradicionales de Bahía Portete, la amarraron de brazos y pies, agredieron su cuerpo brutalmente con hacha y machete, le dispararon y la dejaron bocabajo cerca de su casa en un cerro. Ahora, en casa de Carmen, Vicente expresa su gratitud con las mujeres y en particular con su madre:

– Las mujeres han sido muy valientes, muy valerosas. Han expuesto sus vidas por nosotros. Yo les debo la vida a las mujeres, por eso estoy aquí ahorita. Yo me acuerdo de las palabras de mi mamá: “Sálvese mijo, es mejor que yo me muera”.

Además de Margoth  fueron asesinados Rosa Fince Uriana, Rubén Epinayú, Diana Fince Uriana y Reina Fince Pushaina. Las dos últimas aun se encuentran desaparecidas. Hubo dos personas calcinadas en un carro. No se ha logrado identificar quienes son, solo que se encontró parte del brazo de una persona.  Las casas, la escuela, el centro de salud y el cementerio, todos espacios fundamentales para la vida de la comunidad, se convirtieron en un escenario de terror.

Los paramilitares utilizaron la violencia y la tortura sexual contra las mujeres wayuu de una manera intencionada, pública y diferenciada, asegura el Grupo de Memoria Histórica. Las mujeres que murieron eran mujeres líderes que se habían enfrentado con los paramilitares. Según  el informe sobre Bahía Portete, los agresores buscaron golpear los liderazgos internos de los wayuu al quebrantar los roles públicos de las mujeres, difundiendo simultáneamente elterror de arriba hacia abajo. En segundo lugar pretendieron convertir a las mujeres, a través de la violencia sexual, en un medio para herir el honor de los hombres wayuu.

Atrás de la violencia también había – y sigue habiendo – un interés en el territorio, y particularmente en el puerto artesanal, explica Vicente.

– Porque el territorio de nosotros es un puerto artesanal, una bahía muy bonita. Ahí se presta para trabajar, desembarcar. Por eso es que ellos quieren que nos quitemos de ahí para que ellos se queden con el territorio para hacer negocio ilícito. Como nosotros no lo permitimos…

Débora Fince era la inspectora de Policía de Uribia  cuando sucedió la masacre. Durante el lanzamiento del informe del Grupo de Memoria en septiembre, frente a un auditorio lleno en la Biblioteca Luis Ángel Arango en Bogotá, cuenta cómo vivió los acontecimientos. Habla con mucha seguridad. La abogada había avisado a la Fuerza Pública tres días antes sobre el riesgo que corrían en su territorio, pero no recibió ningún apoyo:

– ¿Cómo me iba a acompañar el Batallón Cartagena, si también participó en la masacre de mi familia? Pregunta. Asegura que tanto el Alcalde de Uribia en aquel entonces, Marcelino Gómez, como el Gobernador, José Luis González Crespo, fueron cómplices de los paramilitares. La razón que dio el Batallón Cartagena para no acudir a las víctimas en Bahía Portete fue que estaba prestando seguridad al entonces presidente Álvaro Uribe, quien visitaba la Alta Guajira.

– El ex Presidente iba a inaugurar el parque eólico, mientras que mi familia fue masacrada. Y nadie dijo nada. El silencio fue total.

El Grupo de Memoria Histórica de la CNRR critica la negligencia institucional frente a la masacre en Mujeres Wayuu en la Mira. Tanto por la falta de respuesta frente a los llamados de alerta de la comunidad como por el retiro de las tropas días antes de la masacre. También llama la atención sobre la circulación libre de vehículos de los paramilitares por retenes militares y la presencia de hombres vestidos de militares en los hechos de la masacre.

La masacre de Bahía Portete no ha sido la única en La Guajira. Gracias a las declaraciones de los ex paramilitares ante la Fiscalía y las denuncias de las víctimas, se ha logrado consolidar información sobre 69 masacres cometidas en La Guajira, informa Caracol. Según la base de datos de la Fundación Hemera, se han registrado 3.759 personas afectadas en La Guajira por casos de desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales y ataques, amenazas y detenciones arbitrarias entre abril de 2004 y abril de 2006. Los paramilitares del Frente Contrainsurgencia Wayuu figuran como presuntos responsables del 81 por ciento de estas conductas delictivas referidas, y las Fuerzas Armadas con el 15 por ciento[1].

¿Advertencias no escuchadas?

Grafiti(foto: Kristina Johansen)

El 15 de noviembre de 2010, el día de la captura de alias Pablo, el ministro de Defensa, Rodrigo Rivera, afirmó que era “una gran noticia para las gentes de bien de La Guajira, que venían reclamando acciones efectivas para neutralizar el poder violento y corruptor de alias Pablo”, según El Espectador. “La orden a nuestra Policía y nuestras Fuerzas Militares es arreciar contra estas bandas criminales”.

Según el coronel Héctor Cruz, comandante de la Policía Departamental de la Guajira, alias Pablo ha mantenido una hegemonía en la Alta Guajira, además de controlar las extorsiones tanto en Maicao como en Riohacha. El coronel, un hombre serio pero cordial, me recibe en su oficina sentado atrás de un escritorio enorme y me explica que alcanzaría a tener una red de más o menos 200 personas. Mantenía cierta rivalidad con la banda criminal de Urabá o los Urabeños y los Rastrojos, bajo el mando de Rodrigo Oquendo, alias Rio. Cuando le pregunto por qué la Fuerza Pública ha demorado tanto para capturar a alias Pablo, el comandante explica que se ha movido en un territorio al cual no tienen acceso las autoridades.

– Sobre la costa hay una serie de lugares que no son de fácil acceso ni por tierra ni por aire. La misma vegetación la protege.El comandante de la Policía agrega que alias Pablo ha sido protegido por comunidades wayuu – algunas por temor y otras por simpatía. Lamenta que no hay una cultura de denuncia en La Guajira y lo explica con costumbres wayuu:

Los wayuu por tradición no denuncian a nadie, porque en la cultura wayuu no existe la responsabilidad individual. Si una persona denuncia, es como si denunciara todo el clan, o todo el grupo, o toda la familia, o toda la etnia.

La Policía ha registrado un incremento en un 21 por ciento de homicidios en La Guajira este año, lo cual relaciona con el enfrentamiento de las bandas criminales por el control territorial. La Defensoría del Pueblo en La Guajira coincide con La Policía en que hay un incremento en violencia en la región. Sin embargo, tienen interpretaciones muy diferentes del fenómeno.

Fernando López Suárez, el Defensor regional, afirma que la violencia no puede ser reducida a episodios aislados protagonizados por la simple delincuencia y criminalidad organizada. Se trata de verdaderos grupos armados ilegales que con estructuras más móviles, flexibles y descentralizadas están causando un profundo daño a sectores cada vez más numerosos de la población: Asesinatos selectivos de tenderos, comerciantes, mototaxistas, líderes sociales y personas socialmente estigmatizadas. Y amenazas, intimidaciones y hostigamientos contra líderes de población desplazada, víctimas del conflicto armado, líderes con un discurso crítico frente a las trasnacionales y megaproyectos, contra desmovilizados y reintegrados y contra personas socialmente estigmatizadas.

La Defensoría tiene identificados a Los Urabeños, conocidos también como Autodefensas Gaitanistas de Colombia, Los Paisas y Los Rastrojos, además de Frente Contrainsurgencia Wayuu, comandada hasta hace poco por alias Pablo. En cuanto al municipio de Uribia, donde se encuentra Bahía Portete, la Defensoría ha registrado una disputa entre el Frente Contrainsurgencia Wayuu y las Águilas Negras. Ambos grupos mantienen un gran arraigo local y ostentan una amplia autonomía, según un informe que la Defensoría presentó en un consejo de seguridad el 25 de octubre. En otro informe enfocado en Uribia, de junio de este año, La Defensoría puso en evidencia la difícil situación que enfrentan habitantes de comunidades indígenas y mencionó el riesgo que corren los integrantes de Wayuu Munsurat.

El coronel Héctor Cruz, por su lado, niega tener conocimiento de amenazas a la organización y afirma que no hay ninguna situación que impide el retorno a Bahía Portete. Asegura que la Policía está reforzando sus actividades en la región después de la captura de alias Pablo, pero agrega que la violencia se debe fundamentalmente a un conflicto entre familias:

– Si no se supera el enfrentamiento de las dos familias que históricamente han tenido problemas en ese sector, cualquiera de ellas puede inventar otro grupo, o puede inventar una amenaza o puede inventar alguna situación para mantener, como hasta ahora ha sido, a unos y otros por fuera de la jurisdicción y por fuera del territorio.

El discurso del coronel hace eco del oficio que envió el teniente coronel César Augusto Bejarano ocho días después de la masacre, afirmando que integrantes del Frente Contrainsurgencia Wayuu sostuvieron “enfrentamientos con indígenas Wayuu de la región de Bahía Portete” y que “al parecer se presentaron bajas de parte de ambos grupos”[2]. El Grupo de Memoria Histórica critica esta transformación de la masacre en una guerra de familias: ”Estas versiones que se repiten en informes y reportes de los medios, silencian el sentido político e intencionado de la masacre y obedecen en gran medida a los estereotipos raciales y subvaloración de las afectaciones que vive el pueblo Wayuu[3].

Fernando López se queja de que la mayoría de las instituciones de seguridad y orden público en La Guajira le ha restado credibilidad a las advertencias de la Defensoría, expuestas en informes de riesgo y alertas tempranas. Está convencido de que se podrían haber evitado muchas muertes si las advertencias de la institución de Derechos Humanos hubieran sido escuchadas antes.

Para Julio Salas de Pastoral Social en Riohacha, uno de los retos es aceptar la realidad de la guerra en Colombia hoy en día.

– El solo hecho de que se diga y se crea que son “hechos aislados” y que no es una guerra que está viviendo el país, ya eso indica que el sufrimiento de Colombia todavía va a ser muy largo. Creemos que el conflicto sigue en ascenso. Mientras los grupos armados estén en ascenso, en búsqueda de poder, en búsqueda de mayores cantidades de tierra, mayores espacios para salida y entrada de esos insumos y mercancías, y el mismo Estado esté involucrado en algunos aspectos con ello, es muy difícil encontrar un clima no solamente para que baje, sino que existan procesos después de reconciliación.

Mujeres perseguidas

– Hoy tenemos que caminar con escoltas. Eso no es vida, afirma Deborah Barros.La masacre, el desplazamiento y la persecución han cambiado profundamente la vida de las dirigentes de Wayuu Munsurat – Mujeres Tejiendo Paz. Hoy en día están obligadas a trasladarse en un carro blindado y acompañadas de guardaespaldas armados. Esto es la protección ofrecida por el Ministerio del Interior, ya que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a finales de 2004 otorgó medidas cautelares a diez miembros de la comunidad y le solicitó al Estado colombiano garantizarles su vida e integridad física.

Las mujeres siguen trabajando en medio del incremento de la violencia en La Guajira, que este año ha acabado con la vida de líderes sociales como Luis Socarrás y Juan Carlos Arredondo.  Cuando llego a la sede de Wayuu Munsurat en un barrio popular de Riohacha me cuenta Betty Granadillo, una de las integrantes, que están en proceso de remodelación. Hace un mes casi les hicieron un atentado cuando estaban reunidos en el patio:

Aquí mismo, en una reunión que tuvimos con miembros de las comunidades, llegaron dos motos. Vimos una moto de aquel lado, de allá atrás, cuenta y me muestra de donde apareció la moto. – Y después salió otra moto. En ese momento fue cuando reaccionaron los escoltas de Débora y nos sacaron de este lado. Nos volamos la cerca, continua y señala la división entre el patio y el de los vecinos. – Fue muy atemorizante, también para los vecinos. Betty explica que los escoltas llamaron a la Policía y que detuvieron a las personas, que estaban armados. Con la remodelación quieren asegurarse contra nuevas agresiones.

El clima amenazante se refleja en un grafiti que hay a media cuadra de la oficina, donde se puede leer “AGC-P”, es decir, una alusión a las Autodefensas Gaitanistas de Colombia. La ONG ha sufrido una serie de amenazas y hostigamientos como consecuencia de sus actividades de denuncia pública y de conmemoración de la masacre en Bahía Portete. Betty recuerda que recibió una amenaza en abril, un día antes del sexto aniversario de la masacre, que decía “!Te vas a morir, quédate callada!”.

Las amenazas también toman la forma de grafiti en Bahía Portete. Estos han sido documentados por el Grupo de Memoria Histórica, el cual afirma: “Los grafiti son otra forma de violencia sexual y ultraje a las mujeres y a la comunidad. Los pintan en los muros de la casa de Rosa Fince Uriana posterior a la masacre con figuras de mujeres violadas por la boca, la vagina y el ano (…); además contienen amenazas directas a lideresas con diferentes formas de violación y tortura sexual”[4].

Paz es la libertad de andar por los caminos

La captura de alias Pablo representa una tranquilidad. Ahora el reto para el Gobierno es desmantelar definitivamente esa organización irregular que se tomó La Guajira, afirma el Defensor del Pueblo. Las integrantes de Mujeres Tejedoras de Paz comparten esta visión. La violencia no se acaba con la captura de alias Pablo porque queda una estructura armada y una jerarquía donde el que sigue en rango puede tomar el comando. Además no es el único grupo que opera en la región y no se sabe cómo se desarrollará la disputa entre los grupos.

Otro elemento fundamental es el esclarecimiento de los hechos. Cuando Telemina, Débora, Carmen y Vicente viajaron hasta Bogotá en búsqueda de una reunión con alias Pablo, su objetivo principal era saber la verdad sobre la masacre.

– Esperemos que Pablo hable, dice Telemina, que nos diga quiénes son los funcionarios, quienes son los políticos, que tuvieron que ver con la masacre de Bahía Portete.  Quienes estaban atrás de los atentados, de las persecuciones de las líderes de la comunidad. Arnulfo Sánchez finalmente no los atendió. En plena audiencia de indagatoria, se declaró enfermo, justo en el momento en que debía comenzar a dar explicaciones ante la Fiscalía por la masacre, reporta El Espectador. Sin embargo, las mujeres siguen esperando una cita con el principal responsable de la tortura, asesinato y desaparición de sus familiares. Piden que no sea extraditado hasta contar todo lo que sabe y confesar lo que ha hecho.

Buscar la verdad sobre lo que ha pasado es una condición esencial para superar el conflicto armado, no sólo en La Guajira, sino en todo el país, señala Julio Salas de Pastoral Social. Sin la verdad es imposible avanzar en la justicia y reconciliación. Weildler Guerra también pone énfasis en este aspecto, y agrega que falta una parte importante:

– En todo este proceso de justicia y verdad falta la declaración del más poderoso actor: el Estado colombiano. Ese es el único que no ha ido a confesar, a contar su verdad y decir: “Yo hice esto, esto y esto” sino que se pone como neutro, como un árbitro entre la guerrilla y los paramilitares. El representa la civilización  y los valores democráticos y estos dos son demonios, cuando él ha sido el gran auspiciador de uno de los grupos. Esa es la verdad de Colombia.

Además de esclarecer los hechos, lo que buscan finalmente Mujeres Tejiendo Paz es volver a Bahía Portete.

– El territorio es nuestra identidad. El territorio es nuestra vida. En la casa de nosotros, en la Alta Guajira, a pesar de que no teníamos agua, éramos felices. Buscábamos la forma de sobrevivir. Pero el territorio es lo que nos genera paz, nos genera fortaleza, todo.

Para la comunidad de Bahía Portete, el desplazamiento significó no poder andar por ese paisaje de horizontes amplios de mar y desierto donde criaban hijos, pastoreaban animales, pescaban y comerciaban sus productos. La masacre significó la transformación del territorio ancestral en un escenario de terror, en palabras del Grupo de Memoria Histórica: La destrucción de huellas históricas, culturales y míticas, la agresión violenta contra autoridades y líderes y el desplazamiento masivo de toda la comunidad. Atrás quedaron los mejores recuerdos:

– Nosotros caminábamos desde la casa de mi tía Ocha, desde la casa de nosotros, hasta donde estaba mi abuelo, que es un espacio como de hora y media, cuenta Telemina. Temprano, a veces lo hacíamos con el sol caliente… Nos bañábamos en los jagüeyes, sin ningún problema de que nadie nos fuera a atacar. Podíamos andar libremente por el territorio.

La libertad de andar por los caminos es para Weildler Guerra la definición de la paz. El antropólogo explica que hay tres valores fundamentales en la sociedad wayuu: La paz, la libertad y la vida. Los tres han sido gravemente afectados por el conflicto armado en La Guajira. Sin garantizar la paz, la libertad y la vida, el regreso a Bahía Portete será dificil. Sin embargo, las Mujeres Tejiendo Paz no se dejan por vencidas. Están seguras de que van a retornar. Por eso le piden al Gobierno que dé garantías para poder volver a su territorio y a la vida de antes. En esa lucha las acompañan los espíritus de sus familiares muertos, afirma Carmen Fince:

– Los espíritus están vivos para nosotros. Son los que han luchado con todo y van a seguir luchando hasta no terminar todo este proceso. Hasta cuando retornemos, ellos continúan. Ellos mismos lo manifiestan en sueños, donde estemos nosotros están ellos con nosotros.

Una versión recortada de este reportaje fue publicado en lasillavacia.com


[1]Grupo de Memoria Histórica de la CNRR: La masacre de Bahía Portete: Mujeres wayuu en la mira, septiembre de 2010
[2]Ibid
[3]Ibid
[4]Ibid

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Om Kristina Johansen

Frilansskribent, sosialantropolog og forfatter av boka "Frykten har et ansikt". Periodista independiente y antropóloga social. Autora del libro "Frykten har et ansikt" (El miedo tiene un rostro). Freelance writer and social anthropologist. Author of the book "Frykten har et ansikt" (Fear has a face).
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